¡Flores, incienso, devoción!

Octubre mes morado, predilecto por excelencia; mes de oración, entrega, renovación, de múltiples milagros. Donde el horizonte se pierde en la enorme multitud de gente que se congrega una y otra vez para ver al Señor de los Milagros, al Cristo Morado, Cristo de Pachacamilla, Señor de los Temblores, como quieras llamarlo. Lo vemos recorrer las calles limeñas derramando en abundancia pura misericordia divina, lluvia y manantial del amor celestial.

Las calles de Lima una y otra vez se pintan de color morado; globos, ramos florales, inciensos, carretillas, alfombras de flores, carteles, banderolas, hombres y mujeres vestidos con hábito morado. Solo alguien tan especial podría atraer en un instante a tanta cantidad de gente, hasta el punto de no caber más ni un alfiler. Vemos infinidad de personas, familias, con rostros; llenos de alegría, tristeza, llanto, gozo, miradas que se pierden en aquella estampa del Señor de los Milagros para impregnarse de consuelo, paz, esperanza, piedad y misericordia.

Es el Señor Jesucristo que sale a nuestro encuentro, la emoción que uno siente es muy grande. No ha habido año que yo no vaya a acompañarlo, suelo ir con mi familia, con amigos y cantar en medio de ese mar humano mi canción predilecta “Señor de los Milagros a ti venimos en procesión, tus fieles devotos a implorar tu bendición…”. Decirle como siempre «aquí estoy Señor» y gritar con toda la fuerza de mi corazón “Viva el Señor de los Milagros, viva la Virgen María”.

Algunos se preguntarán ¿Cómo nace esta devoción al Señor de los Milagros, imagen del Señor Jesús crucificado y pintado en una pared de adobe ubicada en el Altar Mayor del Santuario de las Nazarenas de Lima-Perú? Es a mediados del siglo XVII que los negros de Angola, esclavos provenientes de África Occidental, formaron una cofradía de Pachacamilla y levantaron una edificación, en donde uno de ellos pintó en la pared una preciosa imagen de Cristo. Un 13 de noviembre de 1655 un fuerte terremoto sacudió a Lima y callao, haciendo caer edificios y causando miles de muertos. Pero curiosamente el muro de adobe con la imagen del Cristo permaneció en pie perfectamente, lo que fue considerado un verdadero milagro. Hoy en día su procesión congrega a millones de personas de diferentes partes de mundo y en diversos países también lo celebran.

En el año 1661, Antonio de León se interesó por la imagen del Cristo crucificado, pintado por los negros angolas; el muro estaba en muy mal estado, ya que tras el corría una acequia que había debilitado su base. De León mejoró las instalaciones y construyó un apoyo a modo de altar, el cual sirvió para reforzar la base dañada de la pared. Este hombre padecía de un tumor maligno y cada vez que visitaba el sitio pedía la gracia de curarse, hasta que la consiguió. Posteriormente Sebastián Antuñano, el tercer mayordomo compró el lugar y levantó una capilla.

Finalmente, a doña Antonia Maldonado, una mujer dedicada a la vocación de servir a Cristo, le fue ofrecido un solar al lado de la Capilla del Cristo de Pachacamilla y desde ahí su destino y el de sus beatas fue cuidar al Cristo moreno, siempre vestidas con el hábito morado que usaban las Nazarenas y que hasta hoy simboliza la devoción, penitencia, transformación y entrega a nuestro Señor de los Milagros. ¡En verdad, vale la pena ir a verlo y llenarte de toda su hermosura!

(M.E.B.E.R octubre 2023)

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