Un anciano granjero al enterarse que su mujer tenía una grave enfermedad decidió vender su granja para irse a la capital, pues amaba mucho a su esposa y no deseaba perderla. Los años habían pasado y sus hijos vivían en el extranjero y ninguno había querido regresar a ese pequeño pueblo, ni mucho menos encargarse de su granja.
El granjero decidido a venderla, aquel día puso un tremendo letrero de venta de su propiedad, y al enterarse en el pueblo que don Gilberto quería vender la granja, muchos quisieron aprovecharse de la circunstancia para ofrecerle un precio por debajo de su valor. Cuando su mujer se enteró que su esposo quería vender la granja le dijo: “Gil no es necesario que vendas nuestra granja, busca entre nuestros empleados al más honrado y déjalo a cargo, así cuando me recupere, tendremos donde regresar, la granja es tu vida y no quiero que la pierdas”.
Don Gilberto decidió hacerle caso a su mujer y poner a prueba a sus empleados para saber a quién podía dejarle a cargo la administración de su granja. Entonces aquella mañana, desde muy temprano, llamó uno por uno a cada uno de sus empleados y les entregó cierta cantidad de dinero en un pequeño sobre de color blanco y les dijo que ese dinero era para que continuaran haciendo sus oficios en su ausencia. Y como era un hombre justo, lo mismo hizo con cada uno de sus animales, los llamó y entregó unas monedas a fin de que ellos también tuvieran el pago de su jornal por el trabajo que realizaban en la granja. Así llamó al burro, al caballo, al gallo, a la gallina, al buey, a la vaca, a la cabra y a la oveja.
Llegó el día de la partida y todos en hilera habían salido a despedir a don Gilberto y doña Ignacia, con pañuelos en el aire le hacían adiós a la pareja de ancianos. Cuando pasaron los 30 días, el anciano decidió regresar disfrazado de banquero y llamó uno por uno a los empleados, para entregarle la misma cantidad que había recibido cada uno de ellos, grande y dolorosa fue su sorpresa cuando descubrió que ninguno de ellos, que lo habían acompañado durante años decía la verdad sobre la cifra exacta de dinero recibido. Preocupado y desilusionado se dijo: “Ninguno es digno de mi confianza, entonces llamaré a mis animales y veré si alguno de ellos me dice la verdad”.
Ya cansado y triste después de llamar a todos sus animales y recibir la misma desagradable sorpresa, recordó que se había olvidado de entregarle las monedas a la mamá pata y decidió igualmente llamarla y le dijo: “Señora pata sé que don Gilberto entregó cierta suma de dinero a cada uno de sus empleados y a cada uno de sus animales a fin de que continuaran con sus labores en la granja. Estoy llamando a cada uno de ustedes para proporcionarles la misma cantidad de dinero entregada inicialmente”. Con lágrimas en los ojos la mamá pata lo miró y le dijo: “Señor banquero don Gilberto no me dejo nada, seguramente se olvidaría porque es un hombre bueno y justo”. En ese instante el anciano granjero lleno de felicidad se quitó el sombrero, la peluca y los bigotes y la mamá pata pudo reconocerlo. Don Gilberto le dijo: “Mamá pata a pesar de que tenías mucha necesidad porque tienes once patitos, no te aprovechaste y dijiste la verdad, por eso te nombraré administradora de mi granja y recibirás el doble del jornal que te mereces». (M.E.B.E.R octubre 2023)
Enlace del vídeo en YouTube: https://youtu.be/E1BoQWZO43s
Suscripciones canal de YouTube: @mariaelenabelias3673

