Suena el teléfono y era la voz de un amigo querido que desde hace tiempo no sabía nada de él, su voz inconfundible de aquel ex compañero de trabajo la reconocí enseguida. Me alegré de escucharlo y sobre todo de saber que estaba bien. Él me llamaba después de más de un año, me sorprendió el saber del porqué de su llamada, pues resultaba que era para pedirme disculpas. La verdad les soy muy sincera yo ya me había olvidado totalmente de ese incidente, pues sus últimas acciones en la parte laboral dejaron mucho que desear. ¡Sin embargo, él no lo había olvidado!
Este simple gesto de varón, de caballero, lo hizo grande ante mí, pues me hizo reflexionar de muchas cosas que me suceden en la vida. Para empezar solo en la sabiduría de Dios reconocemos nuestras faltas o equivocaciones y que lindo es reconocer que, en nuestra naturaleza y fragilidad humana: cometemos errores. Poder darnos cuenta de que le fallamos a un amigo, o a una amiga, y pedirle perdón nos hace grandes.
Cuando pedimos disculpas de nuestro mal proceder, dejamos atrás nuestra soberbia, y orgullo, de creer que siempre tenemos la razón, cuando hemos lastimado o fallado a alguien, y pedimos perdón, nos liberamos, de aquel peso que llevamos. Porque cuando mi amigo me llamó al pedirme disculpas mi respuesta inmediata fue: “que yo ya lo había perdonado pues cuando ocurrió yo se lo entregué a Dios y seguí mi camino” yo seguí mi camino, es decir yo avancé, yo me olvidé, pero él no, él se quedó atrás con eso y lo cargó durante más de un año y eso sucede casi siempre cuando lastimamos a otros, a quién realmente nos lastimamos es a nosotros mismos.
Ahora imagínate con las cargas que llevamos de toda una vida; hermanos que se dejan de hablar por siempre, padres e hijos que quedan incomunicados, amistades rotas de toda una vida, compañeros de trabajo que actúan como soldados en plena guerra. Cuando vemos y señalamos solo los errores de otros, cuando los maltratamos verbalmente, cuando los disminuimos, por el simple hecho de querer sentirnos superior ante el otro, cuando somos espinas o cruces para otros, realmente lo que estamos gritando es lo mal que estamos interiormente que no somos capaces de dar algo bueno a los demás.
El perdón nos libera, aliviana la carga, soltamos, avanzamos, crecemos, tanto para el que pide perdón como para el que perdona. El que no perdona vive con amargura, con el rostro serio, siempre señalando culpables y el que no pide perdón vive con una gran carga sobre su espalda, no es feliz, quizás esperando a tener el último suspiro para hacerlo.
(M.E.B.E.R mayo 2026)

