Mes de diciembre, mes que celebramos en el mundo entero la Navidad, una fecha muy especial para quiénes nos llamamos los hijos de Dios, para quiénes celebramos la venida del niñito Jesús a nuestros hogares y a nuestras vidas. Generalmente la mayoría de las personas nos la pasamos comprando de todo, desde regalos, adornos para la casa, alimentos para la cena y gustitos que nunca están demás. Todo tipo de adornos navideños para decorar nuestros árboles y nacimiento están presentes, muchos de ellos no tienen nada que ver con la Navidad, pero mientras más color haya en la sala, jardines, patio, cocina, mucho mejor. Infaltable el gordito panzón; Papá Noel, los duendecillos, haditas y todo tipo de animalitos.
Árboles que llenan nuestra sala, donde colocamos nuestros regalos, eso sí, Navidad no es Navidad si no hay regalos ¡Y el pavo!, ni que decir; el pobre pavo no puede faltar en la cena. Pero; cómo que nos hemos olvidado quién es el verdadero homenajeado, protagonista del cumpleaños, ¿Acaso no es el niñito Jesús?, pues a él le debemos la contemplación y nuestra reflexión navideña.
Hay muchas situaciones lamentables que suceden día a día como la violencia que azota día nuestras calles, ¡Tierra de nadie!, dónde aquel que quiere ganarse el sustento es injustamente extorsionado y matado, nuestro mundo se tiñe de rojo por las absurdas guerras ante la mirada ajena de aquel que no la padece, nuestros animales más viven en la ciudad por que hemos vulnerado sus ecosistemas y medios de habitad. Nos preocupamos más para que nuestras inversiones se canalicen en los centros de salud, que crear campañas preventivas y apoyo real a nuestro agro. Una nación bien alimentada es una nación libre de enfermedades, con capacidad plena para estudiar, trabajar y salir adelante. Entonces porque no pedir en esta Navidad ¡Un corazón de carne!
¿Un corazón de carne? ¿Si Señor Jesús! Llévate mi corazón duro, abatido con los años, indolente ante el sufrimiento de los demás, egoísta, caprichoso, y dame un corazón de carne, tierno, noble para ponerme en el lugar de aquel que sufre, capaz de compadecerme por él que tiene hambre, un corazón de carne para sentir dolor por aquel hermano o hermano que sufre de tristeza, de abandono y soledad. Un corazón de carne para orar por la conversión del ser humano.
Mi querido amigo (a) lector, que no pase esta Navidad sin que renueves tu encuentro con Jesús, te imaginas tenerlo en tus brazos recién nacido, acariciarlo, abrazarlo, besarlo, pues eso haces cuando abrazas el dolor, o la pena ajena, cuando le brindas palabras con ternura de esperanza, de amor, a quién carece de ella, cuando compartes lo mucho o lo poco que tienes. Por eso podríamos pedir desde ya a nuestro niñito Dios, que nos conceda la gracia de tener un corazón de carne, dispuesto a latir de amor por los demás, capaz de dar muchas cosas bonitas y de compartir una mesa, un abrigo, un pan, una sonrisa, un abrazo con el méndigo, con el que está vacío, con aquel que carece de clemencia, amor y esperanza, ¡Señor hoy te pido que me des un corazón de carne dispuesto siempre a perdonar, amar y compartir!
“Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne”. Ezequiel 11, 19, cita bíblica extraída de la Biblia Católica Latinoamericana.
(M.E.B.E.R. dic 2023)

