¡Más dulce que la miel!

Suena el timbre y una voz desde la habitación se le oye decir: “Amor ve a abrir, están tocando la puerta” y sigue guardando la ropa en el closet, mientras que escucha algunas voces acaloradas. Ella pensó “es la voz de Ignacio, pero la otra voz no se de quién es, mejor voy a ver que está pasando”. Cuando baja las escaleras encuentra a su esposo mirando por la ventana de la sala y le pregunta: ¿Quién era mi amor?, Ignacio le responde secamente y con las cejas fruncidas: “Nadie, se equivocaron de familia”.

Conforme pasaba el tiempo, Victoria sintió que algo estaba pasando, ya que lo mismo sucedía cuando sonaba el teléfono de la sala, notaba que su esposo se alteraba cuando hablaba por teléfono y cuando le preguntaba ¿Quién era?, él le respondía con evasivas “Un número equivocado”.

El carácter de Ignacio en los últimos meses había cambiado mucho, Victoria pensaba que había sido un gran error mudarse a la ciudad, a pesar de que su esposo había sido ascendido en su trabajo y ocupaba un alto cargo en la empresa, él había cambiado mucho, de ser amoroso y tierno se había vuelto agresivo y muchas veces déspota, algo estaba ocurriendo en la vida de su esposo, que ya no era feliz. Ella estaba dispuesta a averiguarlo, si había otra mujer y si él ya no la amaba, ella quería saberlo, por el bien de su familia y el de sus hijos.

Un día Victoria le dice a su mamá: Ya vengo mamita, voy a comprar algunos adornos para decorar la casa, ya viene la Navidad y quiero que los chicos la encuentren decorada cuando regresen del colegio”. Estacionó entonces su carro y cuando estaba a punto de entrar al supermercado reconoció el auto de su marido estacionado al frente del restaurante. Sin pensarlo dos veces, entró al local, su corazón latía fuertemente, miró a ambos lados y reconoció a su esposo que estaba sentado discutiendo con una mujer mayor pero muy hermosa, cuando estaba a punto de acercarse a ellos, la mujer se levantó bruscamente y la vio alejarse.  

Eran las 12 de la noche, ella lo esperaba en la sala y aún Ignacio no llegaba a casa, él le había prometido que hoy hablarían de lo que estaba pasando, ella quería saber quién era esa mujer y porque habían estado discutiendo. Lo sintió llegar, lo miró fijamente al verlo entrar, él había bebido, en todos sus años de conocerlo jamás lo había visto tomar alcohol, debía de ser algo muy grave lo que estaba sucediendo. “¿Ignacio quiero que me digas lo que está pasando, ¿quién era esa señora? ¿Si tienes otra mujer, dímelo ahora?”  No, es eso Victoria, yo no te engaño con nadie, y con el rostro desencajado le dijo: “La mujer con la que me viste, es mi madre”.

Victoria: ¿Tú madre?, pero si me dijiste cuando te conocí que tus padres habían muerto. Ignacio: “No te mentí, porque en realidad mis padres habían muerto hace muchos años para mí. Mi padre era un alcohólico que siempre nos pegaba a mi madre, a mi hermana y a mí, nosotros éramos muy pequeños y mi madre nunca nos defendió, mi padre abusaba de mi hermana y de mi y ella lo sabía y nunca hizo nada para defendernos, no lo denunció, y un día sin decirnos nada se fue de la casa. Mi hermana no soportó la situación de maltrato y se suicidó, fue ese día que mi padre se escapó y mi tía, la hermana de mi madre se hizo cargo de mí.

Yo nunca más los volví a ver a ellos, hasta el día en que mi madre se apareció en la casa y me contó que mi padre acababa de morir, que ella había escapado por miedo a él, pero yo no quería escucharla y la boté”.

Un llanto desconsolador se apoderó de Ignacio, era como si todo el dolor que había guardado en su corazón durante años saliera de pronto sin poder detenerlo. Su mujer lo abrazó, lo acarició, lo besó y lo dejo llorar sobre su pecho como un niño, aquel niño que había visto desde muy pequeño el rostro de la crueldad del ser humano.

Victoria: “Amor, escúchame: “Lo que tú has vivido ha sido muy duro y fuerte, pero tienes que perdonarlos, tu padre fue un hombre enfermo, que no sabía que lo hacía, y el daño que te hizo, se lo hacía a sí mismo, y tu madre, muy joven no supo como enfrentarlo, ella también sufrió e igual que tú no sabía qué hacer y huyó. No la culpes amor, no sabes realmente lo mucho que sufrió y tuvo que aguantar las veces que tu padre la maltrataba.

Yo quiero que en nuestra familia seamos felices y para ello tienes que aprender a perdonar, a superar lo que has vivido, suelta todo el daño y sufrimiento que soportaste, entrégaselo a Dios, para que se encargue de curar tus heridas y acepta y ama a tu madre tal como es. Deja que tu madre entre a nuestro hogar, que mis hijos la conozcan y la quieran, perdónala, amor, para que tú realmente seas feliz”. Ignacio y Victoria se abrazaron fuertemente y aquella Navidad llena de luz y de amor, fue la más linda y la más dulce que la miel.

(M.E.B.E.R dic 2023)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido