Bien dicen que una mente tranquila genera poder, por eso prefiero muchas veces darme el gusto de aquietar mi mente leyendo un buen libro o hacer alguna manualidad con hilos de muchos colores. Caminar descalza por la tierra húmeda o el césped de mi jardín, contemplar los colibríes de todos los tamaños y de todos los colores que visitan el huerto de mi jardín, ver a las ardillitas entrar sigilosamente a mis árboles frutales y llevarse los higos, guanábanas o lúcumas y me digo a mí misma: Para todos hay, pues papa Dios nos alimenta a todos.
También me gusta muchísimo cerrar mis ojos y llenar mis pulmones de la suave brisa del mar, del sonido de las olas reventando, deslizándose y acariciando el rostro de la cálida arena, el sonido de las gaviotas sobrevolando los cielos y ni qué decir del suave hincón en la arena húmeda dibujando las huellas de mi andar o nadar en el mar todos los estilos que pueda y quedarme horas y horas en el agua hasta que la piel se me quede como gelatina, no saben el enorme placer que siento cuando me sumerjo en ella: juego, río, canto, converso y me divierto como un delfín en el mar.
Y es que el mar como toda la naturaleza ha sido creado por Dios con tanto amor que es la magia perfecta, la excelencia sobre toda excelencia, la cura del alma y de todo nuestro ser, no importa como vayas, lo que importa es como sales de ella, renovada, tranquila, feliz, contenta y con mucha hambre. Dios es amor y la naturaleza es la extensión de su amor.
Este silencio que nos invita a meditar, a reposar, a reír, a soñar, a calmarnos, a llenarnos de energía positiva, es el silencio que nuestro ser necesita colmarse en demasía. Necesitamos en estos tiempos en que muchas veces la verdad es tan maltratada, disminuida, humillada, despreciada, obligada a callar porque impera en el mundo el miedo, la mentira, el abuso de poder, la envidia, los celos, el egoísmo, la traición, la violencia y la doble moral.
¡Silencio! Se escucha una voz decir a lo lejos ¡silencio! en tono imperativo, autoritario. Silencio en el hogar, en el aula, en la calle, en el trabajo, un silencio abrumador, que enceguece, aturde la mente y nos ciega muchas veces como sociedad. Ese silencio que nos paraliza nos enmudece y nos priva de nuestra verdadera esencia de ser libres y mostrarnos y expresarnos tal como somos, no viene de Dios, el lobo se disfraza de oveja para devorarla y al árbol se le conoce por sus frutos.
El silencio que viene de Dios nos deja paz, sabiduría, amor, respeto, cariño, consideración, confianza, lealtad. No daña ni maltrata, ni se impone, ni abusa ni divide. Paz a nuestra alma, paz a nuestros corazones, paz a nuestras vidas. ¡Les deseo de todo corazón en estos tiempos mucha paz!
(M.E.B.E.R febrero 2026)

