Cuando somos niños jugamos incansablemente y cuando somos jóvenes no nos detenemos a pensar que los años pasan con rapidez, solamente cuando nos hacemos adultos es que ya nos detenemos a pensar que hemos hecho de nuestra vida, cuáles han sido nuestros logros y que deseamos hacer en el resto de nuestra vida que nos queda. Nos damos cuenta realmente del valor de los momentos vividos y compartidos especialmente con nuestros seres queridos y si valió la pena todo el esfuerzo y dedicación en nuestro trabajo. Nos damos cuenta de que el tiempo es la piedra más preciosa que se nos dio en custodia. Los momentos vividos nadie nos lo arrebata y comenzamos a darle mucho más valor a las personas que a las cosas.
Cuando las hojas de los árboles comienzan a caer nos avisan que entramos al mes del otoño, uno de los meses más preciosos porque la tierra se cubre de verde, naranja, amarillo y se nutre de ellas. Creo que igualmente también en nuestra vida, nos damos cuenta cuando nuestros seres queridos como nuestros padres, o abuelitos comienzan a andar más despacio, a no recordar ciertos detalles, a repetir los mismos chistes, a tambalearse con el simple roce de una silla, a quedarse dormiditos en la mesa después de un rico almuerzo. Sin embargo; aún están prestos para darnos lo mejor de ellos mismos, y aunque su cuerpecito ya no les ayude mucho, su sabiduría, su experiencia es invaluable.
Cuando tus padres o tus abuelitos con el paso de los años se vuelvan ancianos, ten mucha paciencia con ellos, recuerda que cuando eras pequeño ellos te cuidaron, te alimentaron, te vistieron y gracias a ellos tienes la profesión o educación merecida. Nunca olvides que la bendición de Dios se derrama en abundancia en los hijos agradecidos que cuidan y se hacen responsables de sus progenitores. Acompáñalos hasta el final de sus días, no los abandones a su suerte, ni te olvides como si fueran muebles en los albergues para ancianos, jamás van a estar mejor cuidados que por tus propias manos. El cariño y el amor de ti es la mejor medicina para ellos. No pienses erróneamente que estás perdiendo tu tiempo, todo lo contario te estás ganando el cielo porque Dios ve con muy buenos ojos tu entrega incondicional para tus padres o abuelitos. Y lo que tú hagas con tus padres, tus hijos harán lo mismo contigo, porque la vida devuelve todo y muchas veces en abundancia.
(M.E.B.E.R agosto 2025)

