Cuando era pequeña me encantaba despertar y ver los primeros rayos de sol entrando desde mi ventana para iluminar a sus anchas las paredes de toda mi habitación, veía los árboles de la entrada de la casa hacienda y escuchaba el cantar de los pajaritos del campo. Me encantaba salir a pasear, disfrutar de sus paisajes y mientras caminaba solía dejar la huella de un caminito con una ramita. Me gustaba subir a los árboles frutales; ciruelos, higueras, mangos, naranjos, pacay y comer a mis anchas sus frutos, los dátiles especialmente. Feliz de sentir el aire fresco del campo que acariciaba mi rostro y despeinaba mi cabello. Gozar de esa libertad fue la que me enseñó a valorar desde pequeña el privilegio de ser libre.
¡Si! Libre para soñar, libre para bendecir la tierra que nos vio nacer, libre para amar a la familia, a los familiares, a los seres queridos, a los amigos y en especial a los de nuestra infancia. Libre para mirar el cielo y ver las nubes pasar a sus anchas, libre para contemplar el mar y ver una y otra vez el vaivén de sus olas. Libre para caminar, libre para decidir, para pensar, para amar, para decidir ser feliz. En verdad; que regalo tan grande que Dios nos ha dado a parte del regalo de la vida es gozar de nuestra libertad.
Viene a mi mente la realidad de tantas personas privadas de su libertad, aquellos que injustamente están purgando una condena, aquellos que infringieron las normas y perdieron su libertad, y con ello su juventud y quizás toda su vida. Estoy segura de que hoy se lamentan amargamente el permanecer encerrados y es que no hay nada más triste que estar privados de nuestra libertad. Aquellos niños, jóvenes, mujeres víctimas de trata de personas. Aquellos ancianitos que son llevados aún en contra de su voluntad a los asilos y que algunos de ellos son verdaderas cárceles por el trato inhumano que les brindan, como quién dice por afuera flores por dentro temblores.
Por todo ello; debemos dar gracias de ser y sentirnos libres, no permitamos que nadie nos arrebate nuestra libertad, ya que ella es nuestro tesoro más grande aparte de la vida. Meditemos bien nuestras acciones, nada, absolutamente nada vale la pena si la llegamos a perder. Recordemos esta hermosa cita bíblica: “En su gran amor Dios nos ha liberado por la sangre que su hijo derramó”. Efesios 1,7. ¡Disfrutemos de esa libertad y seamos agradecidos con Dios por la bendición de ser libres!
(M.E.B.E.R julio 2025)

