Tendría quizás 5 años, pero recuerdo como si fuera ayer, la vez que jugando con mi hermana perdí el juego y de la cólera tiré las cartas sobre la mesa, aquella acción de muy mala perdedora no pasó desapercibida ante la mirada de mi padre. Él jamás me pegó, ni a mi ni a mis hermanas, pero bastaba su mirada para darme cuenta de que me había pasado esta vez de la raya. Su voz fuerte pero calmada y sus frases cortas cayeron como sentencia “Hija no está bien que reacciones así, eso no se hace” aquellas palabras fueron suficiente para sentirme un gusanito y querer que la tierra me tragara, su corrección hizo efecto en mí, pues me dolió el portarme mal.
Y es que uno no nace sabiendo, creo que, a lo largo de nuestra vida, la escuela de la vida es la que se encarga en el día a día, de enseñarte a comportarte bien y una buena enseñanza de tus padres, acompañada de una buena corrección es la mejor oportunidad para aprender a comportarnos cada vez mejor. Cuando somos pequeños pasa piola las malas actitudes, Pero ¿Qué sucede cuando somos grandes y seguimos cometiendo los mismos errores? Lo que no aprendimos cuando éramos pequeños se evidencia peor cuando somos adultos y jalamos una enorme cola de cocodrilo porque tumbamos todo a nuestro paso cuando las cosas no nos salen como deseamos.
¡Si! es cierto coincido con ustedes, que el sabor de la derrota no es nada agradable, y duele, viene a mi mente la vez que concursé a una beca en Andalucía, España y me quedé en segundo puesto y mi mamá me encontró llorando en mi habitación. Mi madre me abrazo muy fuerte y sus palabras de aliento secaron mis lágrimas “Hijita lo importante es participar, algunas veces se gana, otras se pierden, pero el aprendizaje y el esfuerzo nadie te lo quita, ya habrá mejores oportunidades” y fue aquella vez que me entregó un papel escrito con su puño y letra del hermoso poema de Rudyard Kipling “Cuando vayan mal las cosas” que inspira a la perseverancia y a no rendirse ante la adversidad. También solía darnos un vaso de agua con limón sin azúcar, según ella, mi madre tan encantadora, el agua con limón ayudaba a pasar las penas. ¡Una agüita con limón sin azúcar por favor!
¡Ganar y perder es parte de la vida! y ganar es maravilloso, una explosión de alegría, pero aprender a perder con nobleza te hace grande, te embellece. El reconocer que el equipo contrario esta vez jugó mejor que el equipo de tus sueños y mereció ganar, engrandece tus actos. Que no se vean oscurecidos de soberbia ni falta de humildad, ni de un justo reconocimiento.
También puedes no coincidir en ideología, pues es tu derecho, pero hay que saber perder y el reconocer que tu adversario ganó esta vez las elecciones y los votos fueron mayoritarios a su favor, es de sabios y de caballeros. Mostrarle respeto y felicitarlo por su triunfo es de profunda nobleza y si tu fin es el amor a tu patria, como afirmas, que tu comportamiento no se vea opacado por la falta de tolerancia, insensatez, ignorancia y ausencia de valores. Escenas tan vergonzosas y deplorables como retirarse del hemiciclo del Congreso del Perú ante la nueva gestión presidencial y ante la presencia de grandes personalidades extranjeras fue desastroso, pues nos avergonzaron como peruanos por su mal comportamiento.
Puedo no coincidir en ideología, puede no ser mi candidato ni partido ideal, puedo no haber votado por él o por ella, pero si amo a mi patria y a mi gente, no los avergüenzo y deseo con todas mis fuerzas que les vaya bien y hagan una extraordinaria labor por el bien de mi país y si puedo apoyar con mi esfuerzo y mi trabajo lo hago, porque el bien común que anhelo es el desarrollo de mi país, el crecimiento y bienestar de mi gente. ¡Una agüita con limón sin azúcar por favor!
(M.E.B.E.R julio 2026)

