A veces me detengo a mirar el rostro de las personas que pasan por las calles, muchos de ellos alegres, animosos, y desbordante de alegría, otros caminan serios, contrariados, tensos, casi siempre apurados, pues la gran mayoría de veces no solemos tener tiempo para mirar, generalmente vemos lo que está a nuestro alrededor, pero no miramos. Pues mirar implica ir más allá, implica detenerte, observar con detenimiento y no solo darte cuenta de lo que tienes al frente, sino de como lo tienes.
Aquella tarde; estaba comiendo un helado para variar de chocolate con menta, uno de mis preferidos y si, efectivamente me detuve a mirar a las personas pasar y me decía a mí misma que cada persona era un mundo y como Dios la hacía para saber lo que nos pasaba a cada uno, y como la hacía para detenerse en cada uno de nosotros.
Me preguntaba porque esta persona tiene el rostro triste, preocupado como si el mundo lo llevara a cuestas y esta otra persona está llena de alegría y vitalidad, porque ese señor tiene su mirada llena de odio u esta otra persona tiene un rostro tan dulce que provoca abrazarla. Sin lugar a duda cada persona es un mundo, es una historia de vida, muchas de ellas toda una enseñanza. Pero ¿Qué es lo que nos hace diferente? Porque unos son felices y otros parecen que nacieron con el pie izquierdo pues su vida está llena de tragedias, malestares y dolor. Y Si todos nacimos y venimos a este mundo con nuestro pan bajo el brazo, es decir; con nuestro maletín de dones y talentos, ¿por qué unos son felices y otros son tristes, por qué unos tienen éxitos y otros fracasan?
Alguien muy querido para mí, me decía el otro día que las oportunidades tocan a nuestra puerta todo el tiempo, pero a veces no las tomamos y las perdemos porque no estamos preparados y las dejamos ir y otras veces solo se presentan lamentablemente una vez en nuestra vida y cuando nos percatamos ya se fueron.
Yo miro atrás, reflexiono y definitivamente me doy cuenta qué mis aciertos y equivocaciones fueron exclusivamente responsabilidad mía. Mis éxitos como mis fracasos me los debo a mí, las decisiones fueron mías por lo tanto con valentía las asumo, decisiones buenas, otras malas, pero al fin de cuenta mías. Me doy cuenta de que muchas decisiones equivocadas pude haberlas evitado si hubiera estado mejor preparada y es que el conocimiento, como la sabiduría no siempre llegan antes sino después, y eso también es bueno, lo importante es que lleguen, que cada uno de nosotros nos permitamos equivocarnos, madurar, corregirnos y sin buscar culpables sigamos adelante.
Me doy cuenta lo importantísimo que es reflexionar, asesorarnos de la mejor manera posible, ya que cada acto u omisión tiene consecuencias a nivel personal y social, cada decisión que tomemos será crucial en nuestra vida, por ello es mejor pedir ayuda a tiempo, pedir buenos consejos, investigar, conocer y especialmente pedir a Dios la gracia del Espíritu Santo para que nos ilumine y nos ayude a tomar las mejores decisiones.
(M.E.B.E.R octubre 2025)

